martes, 24 de mayo de 2016


                               UN VAMPIRO EXTRAÑO
RAMIRO RESTREPO U.
                                                                                                 


Según un manuscrito, caligrafiado en letra gótica del siglo XII de nuestra era, Drácula no nació en Transilvania, sino en Transmontania, pueblo ubicado en las estribaciones de la montañas de Coscurantismo, que ya muchos saben queda ubicado en el extremo norte de Sur América. Con ello queda desvirtuada la leyenda de la procedencia europea del Conde, otras de las mentiras construidas por el eurocentrismo y el colonialismo.
Transmontania era un territorio nebuloso y extremadamente frío, en donde solo aparecía el sol un solo día de los años bisiestos, de tal manera que siempre aparentaba ser de noche. Drácula tenía, pues, todo a su disposición para hacer de las suyas. Sin embargo él escogió una forma dicotómica de vivir: ave voladora (murciélago) durante la verdadera noche y una esbelta figura, una cutis canela, una mirada oscura y penetrante y un caminar de torero durante la verdadera noche.
Como la gente del terruño era ignorante, no sabían que su verdadero nombre era Nosferatu como en la película de Murnau y él se hacía llamar Georgeus para dar a entender que era de orígen extranjero; eso en tierra de arribistas era de alta estima.
Aunque nuestro héroe vivió la juventud en Transmontania, sus padres consideraron que su educación fuera en Europa, de tal manera que permaneció por muchos siglos en el viejo continente adquiriendo la experiencia de chupasangre, hasta que fue descubierto y desterrado mediante la santa cruz cristiana, como era la usanza, y regresó a su tierra natal. Allí cometió el error de enamorarse de una sola chica, Marcela. Esta era una mona de cara resplandeciente, escultural nariz griega, manos de terciopelo y caderas bien proporcionadas y elevadas.
Marcela fue advertida por su madre de que el susodicho sujeto no era susceptible de confianza. A pesar de su adolescencia, de sus deseos femeninos a flor de piel y de que en el pueblo no existía quien la mereciera, (a juicio de su madre y de ella misma)  hizo caso y evitaba a nuestro sujeto bajo cualquier circunstancia. Él intentaba por todos los medios hablarle, pero era imposible. Ella intuyó la desgracia.
Georgeus repudiaba la sangre de las demás doncellas del pueblo, le producían náuseas. Pero todas ellas se enamoraron de él por su porte. Al tipo  no le quedó más remedio que robar sangre de los hospitales para poder alimentarse.
A Transmontania llegó un día un periodiquillo con la noticia que de Europa había escapado un bribón "flaco, pálido, de largas uñas y puntiagudos colmillos" y se sospechaba que había logrado huir a América.
El cura reunió a la feligresía en la misa dominical y les predicó que en pueblos y ciudades que vivían en pecado esa era una de las manifestaciones del Diablo. Que el pueblo debía entrar en oración porque el pecado se había enseñoreado de él: los burdeles, cantinas y discotecas donde las jovencitas exhibían y estrechaban sus cuerpos contra los muchachos, no era más que concupiscencia, la perdición, la inmoralidad. Que ni siquiera los hombres casados respetaban a sus mujeres y se perdían en la pasión de las mujeres recién llegadas. Además, las ideas modernas hicieron su entrada impregnadas de libre pensamiento y ateismo.
Geoegeus nunca reía porque se le notaban sus colmillos, pero nadie se dio cuenta de ese detalle ya que en ese pueblo nadie reía, parecían condenados a mantener el ceño fruncido.
El vampiro estaba desesperado y le escribió una misiva a Marcela:
                     Adorada niña de mis ojos, desde que te vi no hago otra cosa que pensar en ti. Tú eres la dueña de mis sueños y mis pensamientos. Estoy desesperado por verte y hablarte, pierdo el apetito, estoy al borde del suicidio. Te prometo un amor desinteresado, tan pasional como ningún poeta lo ha soñado ni escrito. Te llevaré a un lugar donde solo exista la Primavera y aromas florales permanentes. Te imploro piedad, amparo en tus brazos. ¡Oh Marcelita, por Dios!
                                                            Georgeus
Marcela leyó el mensaje y respondió:
                      Señor, guárdese sus lisonjas y súplicas. Usted no me interesa, no quiero saber nada de su señoría. Sí en mis manos estuviera lo haría desaparecer, vuélvase por donde vino que no tiene nada que hacer aquí. Las ciudades sólo son antros del pecado: Sodomas y Gomorras modernas. Vaya siga su perdición en ellas.
                                                            Marcela
Ya los hospitales carecían de sangre y Drácula sufrió una transformación en sus hábitos alimenticios: ahora tuvo  que recurrir al "fluido vital o energía psíquica". No podía seguir rechazando a las púberes, pero seguía ansiando la sangre de Marcela.
Algo extraordinario empezó a aparecer en el montañoso territorio: las jóvenes amanecían con dos puntitos en el cuello y paulatinamente se iban demacrando. Nadie atinaba a dar con la causa de semejante fenómeno, el pánico cundió por toda la montaña.
El cínico de Georgeus recomendó zanahoria con naranja y azúcar e hígado a usanza de las abuelas, decía.
Por fin llegó el médico, revisó a las mujeres, pero no pudo diagnosticar la causa del mal.
Un intelectual jubilado, que se aburrió de la vida citadina y se fue a vivir a Transmontania, empezó a sospechar, se acordó de sus lecturas clandestinas en el seminario y le llegó a la mente la novela Drácula de Bram Stoker, pero como no remembraba mayor cosa, escribió una carta a la biblioteca pública de la ciudad indagando al respecto. Sabía que la respuesta era demorada, así que no le quedó más remedio que esperar con paciencia.
El tiempo transcurría y la situación de las anteriores vírgenes empeoraba, ni la zanahoria con naranja servía, se estaban muriendo de anemia.
Nuestra ave voladora, estaba cada vez más rozagante y joven y fue elegido alcalde. Era típico en Coscurantismo que la población votara por candidatos hermosos a los ojos femeninos, por los candidatos de la llamada “maquinaria”, por el clientelismo y el gamonalismo o vendiera su voto por cualquier botella de ron; pero pocos por ideas. Ya sabemos que nuestro Drácula era buen mozo y las féminas estaban enamoradas de él
La cada vez más atlética figura del alcalde, le olió mal al intelectual y sus sospechas recayeron sobre él.

Con el tiempo, ya no solo era más joven, sino que se volvió rico. Le volvió a escribir a Marcela:
                                              Reina de mi corazón, niña idolatrada, no me sigas dejando penar en vida, atiende mis ruegos, no seas tan mala gente, mira que me muero sin ti, ten caridad como te enseñaron tus ancestros, muestra de verdad tu cristianismo. Serás mi esposa y te ufanarás como Primera Dama, mostrarás de verdad tu orgullo.
                                                                      Georgeus
La "Reina " le dijo:
                            No eres digno de mi amor. No me afana la vanidad, he vivido en la sencillez y en ella moriré.
                                                                        Marcela
Por fin llegó la respuesta que el intelectual esperaba:
1. Los vampiros no se reflejan en los espejos
2. No tienen sombra, carecen de alma
3. Se les aleja con agua bendita o usando una cruz cristiana
4. Practican la necromancia
Nuestro jubilado no creía en la existencia de los vampiros: estaba seguro que era imaginación (pura literatura) y mitología extendida por todos los continentes. Sin embargo, se trazó un plan y decidió hablar con el personaje en sospecha.
Marcela estaba un día en su porche, cuando de repente la sobrevoló un murciélago. Le entró temor y comunicó a su madre lo ocurrido.
Su mamá le respondió que esos animales sólo eran peligrosos para el ganado, que dejara el temor.
Diógenes, el pensador que había llegado de la ciudad, se entrevistó con Georgeus y tuvieron el siguiente dialogo:
-¿Tú de dónde vienes al fin?-preguntó Diógenes.
-De los cinco continentes, soy un hombre universal y mi patria ha sido el mundo.
-Pero tú eres un hombre raro, no envejeces. ¿Conoces acaso el elixir de la eterna juventud o hiciste un pacto con el Diablo cómo lo enseñan tantos libros de ficción?
-¿Envidia, por qué ya estás decrépito?
-No, simple curiosidad. Pero, dime una cosa: ¿tú crees en el espiritismo?
-Claro, después de andar tanto mundo, algo se ve y algo se aprende. ¿O acaso tú crees que tanto hereje y tantas brujas que murieron confesadas fueron puro invento de la inquisición? Es más la brujería aún existe, mira no más los hombres que son dominados por mujeres horribles, son producto de conjuras, de hierbas.
-Eso no es producto de ninguna pócima, es sugestión y derroche de sexo, encoñamiento como decía mi abuela, que creo que es más sabia que tus teorías, por mucho mundo que hayas recorrido.
-Si no crees en la magia negra, entonces ¿qué es lo que está pasando en este pueblo?
-Algo raro, de acuerdo. Pero no tenemos indicios de necromancia, aunque sé que tú lees el chocolate. Pero yo creo que es un juego, una charlatanería. O ¿a quién le has adivinado el futuro?
-Pregúntale a la gente. Si no funcionara, no recurrirían a mí.
-Ocurren coincidencias y las gentes consideran que se cumplen los presagios.
-Bueno, tú eres un hombre de razón y yo considero que existen cosas sin razón.
El intelectual convenció a Marcela que tuviera una cita amorosa con el enamorado y que llevara oculto un espejo para hacerle la prueba a ver si se reflejaba en él.
Marcela tuvo temor de perder la virginidad, pero se acordó de las mártires católicas, quería ganarse el Cielo y aceptó.

Marcela llegó a la cita con el espejo escondido, tuvo sexo con el Maligno de Transmontania. Cuando él se estaba vistiendo le dio la espalda, Marcela le puso el espejo y  se reflejó. Cuando Diógenes supo lo acontecido, quedó tan atónito como ella y sin saber qué hacer. Sólo les quedaba creer que aplicaba el arte de la necromancia, por lo de la lectura del chocolate. Aunque Diógenes seguía escéptico.
El jubilado tuvo otra cita con Georgeus y le mostró el manuscrito donde se probaba su nacimiento. Este creyó que era una broma que pensaran que tenía casi nueve siglos de vida. El asunto le produjo risa e inmediatamente se le notaron los colmillos. Diógenes se dio cuenta de ello y supo, que aunque se reflejaba en el espejo, era Drácula el vampiro. Sus reatos racionales quedaron por el suelo.
A Georgeus se le condenó por estupro, se le investigaron sus bienes y fue condenado también por peculado, una virtud muy extendida en Transmontania y en toda Costurantismo.

 El fluido vital fue tan poderoso que perdió su capacidad de mutarse en vampiro y no pudo escapar. Fue encerrado en una mazmorra, la falta del fluido lo fue desintegrando, su torrente de energía psíquica se volvió putrefacta y murió con dolores agudos.
El suceso trascendió a Transmontania. Los periodistas de la capital investigaron y se encontraron con que el cura del pueblo había contratado, autorizado por la arquidiócesis, al malhechor para intimidar a los liberales a los que consideraba ateos librepensadores que introdujeron la perdición en el bello paisaje montañoso,
                                                          Junio de 2015


                                                                  

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