UN MATRIMONIO PERFECTO
RAMIRO RESTREPO U.
Crisóstomo era un tipo ridículo, peripatético dirían
otros; buen conversador cuando se tomaba unos wiskis con sus amigos; autoritario con sus
trabajadores, a quienes no les permitía ni un segundo de pérdida de tiempo. En
estricto sentido, era un capataz de industria. Un burgués bien pragmático: ”menores
salarios más acumulación personal” era su gran consigna.
-Tú concepción es falsa y contraproducente,
Crisóstomo-le decía su amigo Benefactor (su padre era un latinista con
pretensiones humanistas). A los capitalistas les va mejor si son inteligentes y
pagan bien, porque los obreros pueden gastar más y ese gasto es ingreso para
ustedes.
-No me vengas con sofismas, todos tratamos de pagar
los peores salarios y por eso estamos llenos de plata. El problema es el gasto
familiar: los servicios públicos están caros, las universidades donde estudian
mis hijos, que aquí entre nos no sirven ni para desvestir novias, tienen
matrículas por las nubes, los impuestos de los tres automóviles valen un ojo de
la cara, el gobierno nos esquilma con el diez por ciento de impuesto a la
renta, las contribuciones por valorización nos disminuye más nuestra renta, los diezmos para la salvación del alma es otro
gasto superfluo, la vanidad de mi señora me ahorca todos los días. Este país
está invivible, y fuera de eso tengo que pagar la seguridad privada, porque los
pobres y los delincuentes pululan; por donde camino me los encuentro, que miedo
y que asco.
-Por eso, Crisóstomo: si los ricos fueran más
inteligentes y pagaran más seguridad social, necesitarían menos policías y
menos gorilas con armas, vivirías más tranquilo, disfrutarías mejor tu
riqueza-le decía Benefactor.
-No me convences, hombre. Yo estoy seguro que las
“armas os darán la libertad”, no sé quién lo dijo, pero es un axioma.
Crisóstomo vestía con pulcritud y elegancia, pagaba
asesor de imagen obligado por su mujer y por su vanidad de marica, que tenía
bien oculta. Esta última le ocasionaba más
erogaciones que los otros gastos
juntos. Renegaba del costo del asesor de imagen, porque creía que sabía
vestirse, pero el dominio de su mujer era absoluto.
Doña Barbarita, no permitía que le dijeran de otra
manera, era una mujer vanidosa que vestía a la usanza de la última moda en París
o Nueva York, solía visitar a sus amigas a tomar el té, a celebrar los
cumpleaños con ostentosas fiestas, salir de vacaciones con ellas, nunca con su
marido a quien despreciaba, pero no podía desperdiciar su billetera, aunque ya
ni besos en la mejilla se daban. Ella tenía bien guardado sus amoríos en playas
europeas con golfos juveniles; también sus amigas de viaje lo hacían y
guardaban bien sus apariencias en Belén Playero. Sus maridos eran muebles
viejos con plata ; aunque ninguno pasaba de los cuarenta, y no querían
malgastarla en divorcios y repartición de bienes.
Nuestro capataz de industria había encontrado, a los
veinte años, su Adonis en Saint Tropez. Era un mozuelo de quince años, de esos
chicos europeos preocupados sólo por la buena vida, que encontró asoleándose en
la playa y sin ningún complejo se le sentó a su lado, lo invitó a un Martini en
las rocas. Se le presentó como industrial de Coscurantismo y le propuso una
cita en su hotel a las ocho de la noche. El mozo vio la oportunidad de dinero y
aceptó sin objeciones.
La cita se cumplió con exactitud, salieron para la
ópera y regresaron al tálamo, como lo llamaron desde entonces. Durmieron la
noche juntos y sellaron el pacto de verse cada seis meses en cualquier parte
del mundo, todos los gastos por cuenta de Crisóstomo más la prima de 500.000
euros por las emociones sensuales y sexuales que sentía el cuarentón.
Mientras Crisóstomo era monógamo, Barbarita era una
ninfómana incurable, en cada viaje no se tiraba menos de seis mancebos.
-No me gusta la rutina monogámica-les decía a sus
amigas-, es mejor diversificar el placer.
-Pero te cuidas-le insistían algunas de ellas.
-No siempre, con las borracheras a veces se me
olvida; tranquilas que no pasa nada, escojo jóvenes de buena alcurnia.
-No creas eso de la buena alcurnia. La promiscuidad
a veces no perdona y a esos golfos sólo les interesa el dinero-
Barbarita empezó a sentir los ganglios linfáticos
inflamados, sarpullido, fiebres recurrentes, dolores de cabeza y fatigas.
-Consulta un médico
-le dijo su marido.
-Son malestares pasajeros.
-Deja de ser tonta; esos síntomas los estás
padeciendo hace más de dos meses. ¿Si de pronto es sida?
-¿Y si lo es?
-Pues nos separamos de apartamento, eso es
contagioso-le dijo el zoquete prejuiciosamente.
La testaruda por fin aceptó consultar un médico;
esperó los resultados de los exámenes una semana y estos salieron positivos.
Tal como dijo el marido, se separaron.
Un buen día se encontraron por casualidad en Saint
Tropez. Ella estaba completamente acabada por la enfermedad. Él estaba
acompañado de su mancebo.
-¿Qué haces por aquí en esas condiciones?-le indagó
él.
-Tal vez pasando mis últimos días.
-¿Y tú? ¡ No te conocía esas debilidades!
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